Posted on 30 Julio, 2009 | No Comments

En fecha reciente, la Alcaldía del Municipio Libertador ordenó remover la estatua de Cristóbal Colón que coronaba las escalinatas de El Calvario, alegando razones de restauración del parque. En oportunidades anteriores hubiésemos esperado a que apareciera luego en otro sitio, pero temo que no la volveremos a ver: el presidente Chávez aplaudió la remoción y expresó que en su lugar habría que colocar la de “un indio o una india” ¡Y con eso basta! La estatua corresponde a una copia hecha por el escultor y fundidor Arturo Rus Aguilera, de la obra original del escultor veronés Giovanni Turini (1841-1899). Se pensó ubicarla al pie de El Calvario, pero finalmente fue enviada a Macuro, lugar donde se produjo el primer contacto indo-hispano en nuestro país. Estamos frente a un nuevo ataque a Colón y cuanto representa, sólo que no se empleó la violencia como sí ocurrió en 2004, cuando el grupo indigenista Pachamama derribó y dañó la estatua del Almirante que se encontraba en la Plaza Venezuela y que formaba parte del monumento Colón en el Golfo Triste, encargado durante el segundo gobierno del general Joaquín Crespo. Se había materializado el mensaje del Presidente, como en los tiempos de la guerra de Independencia: un desprecio a lo español y a la figura del “genocida” Colón, entendiéndose sus expediciones como el punto de partida para la posterior invasión a tierras americanas, con sus consecuencias destructoras para sus pobladores iniciales. Luego vendría la “reconciliación” con la llegada al poder de Rodríguez Zapatero, como bien dice Roldán Esteva-Grillet en su excelente artículo “Aberración patrimonial” (El Nacional, Papel Literario, 4 de abril de 2009, p.8).
No sólo estoy en contra de la destrucción de las obras de arte. Cristóbal Colón, un hombre inserto en un mundo cambiante, a mitad de camino entre la Baja Edad Media y la Edad Moderna, con sus aciertos y sus errores, constante a toda prueba, incorporó con sus viajes el continente americano a la historia mundial. No lo puedo ver como un “genocida”. ¿Qué le voy a hacer? Vengo de la tradición de que el Descubrimiento de América o el Encuentro de dos Mundos, o como se le quiera llamar, representa un hecho trascendental de la historia de la humanidad. No puedo defender la Leyenda Negra y negar cuanto España hizo en estas tierras; como tampoco la Leyenda Dorada. Me identifico con el historiador trujillano Mario Briceño Iragorry y su posición revisionista de la Historia patria, particularmente la del período colonial, al punto de que he dedicado buena parte de mis trabajos a difundir esos trescientos años en los que nos formamos como pueblo, con sus instituciones, idiosincrasia, lengua, religión, legislación y cuanto vino de la Península. Reconozco -cómo no hacerlo- que se produjo una conquista violenta con visos de genocidio en las islas del Caribe, pero no ignoro los esfuerzos de dominicos y franciscanos desde 1514 en el Oriente venezolano para experimentar con las llamadas Misiones Carismáticas, la conquista pacífica. ¿Cómo olvidar el intento de fray Bartolomé de las Casas, en Cumaná en 1520? Tampoco puedo mirar a las Misiones como exclusivas empresas explotadoras de mano de obra, negando su papel en el proceso poblador y de incorporación de los naturales al mundo occidental, eso sin contar con la defensa de las fronteras de la futura Venezuela. Aplaudo el reconocimiento de la naturaleza pluri-étnica, el respeto a las etnias, el cumplimiento de las normas establecidas en la Constitución relativas a los derechos indígenas y a la defensa de sus tierras y propiedades. Y reconozco la significación histórica del Sínodo de Caracas de 1687, la posición más avanzada de la Iglesia venezolana frente al problema de la esclavitud de los negros. No atacó el sistema esclavista como tal, pero esta legislación veló por la protección de los esclavos, como no ocurrió en otros lugares de América. Me identifico con lo expresado por Bolívar en su Discurso de Angostura (15 de febrero de 1819): “Nosotros ni aún conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles”. Y eso somos: un pueblo mestizo. Me gusta pensar que aquí, donde hoy se encuentra la Universidad Católica Andrés Bello, esta realidad estuvo presente. Imagino a Alonzo Rodríguez Santos, a Melchora de Ibargoyen y Diego Rodríguez, todos ellos blancos, como lo fuera el Libertador, quienes convivieron para 1621 con Juan Biafaro, Juan Angola y Pedro Congo, negros; y con Alonzo Puican, Marta Guerirguapra y Magdalena Quayautemne, indígenas (Donís, El Poblamiento en la Provincia de Venezuela…, 2001). Ellos fueron la levadura para el pueblo mestizo al que se refirió el Libertador.A raíz de los 500 años de la hazaña de Colón, varios gobiernos hispanoamericanos decidieron no celebrar más el 12 de octubre, pero a ninguno se le ocurrió destruir las estatuas. La primera estatua de Colón se erigió en Cuba en 1862 y correspondió a una escultura del artista italiano Cucchiari, que todavía puede ser vista en el patio del Palacio de los Capitanes Generales o Museo de La Habana.
Manuel Donís
Instituto de Investigaciones Históricas
Leave a Reply