Posted on 24 Mayo, 2010 | No Comments

De los fenómenos naturales que ocurren en nuestro planeta, probablemente los terremotos –también llamados sismos o seísmos–, califican entre los más frecuentes, al punto que se especula que los temblores de tierra, de fuerza suficiente para ser percibidos por el ser humano, superan los 150.000 al año. A ello habría que agregar otros de menor envergadura que solamente los registran aparatos de alta sensibilidad, como los sismógrafos, y pasan inadvertidos para las personas.
Un terremoto es una vibración o temblor repentino de la superficie terrestre, que tiene su origen en la actividad tectónica que continuamente recompone la litosfera o corteza rocosa exterior que reviste al globo terráqueo. No es otra cosa que la expresión de la energía liberada por el reacomodo de fallas geológicas, placas tectónicas y dorsales oceánicas o cadenas montañosas submarinas, responsables directas de la existencia de cordilleras, volcanes, fosas oceánicas, depresiones tectónicas y otras formas de relieve.
Los temblores resultantes corresponden a ondas sísmicas que provocan desplazamientos de la capa rocosa de la corteza terrestre y que suelen ser precedidas de sacudidas premonitorias y réplicas posteriores, generalmente de menor intensidad. Cuando los daños producidos son cuantiosos en términos de pérdidas de vidas humanas y destrucción de edificaciones, se les consideran como catástrofes o desastres naturales.
Ambiente vulnerable
Estas explicaciones de orden geológico y geomorfológico han sido complementadas en las últimas décadas con otra óptica que corresponde al concepto de vulnerabilidad ambiental.
Bajo este novedoso enfoque los terremotos son considerados amenazas naturales o peligros inminentes que pueden desatar elementos del medio ambiente controlados por fuerzas externas al ser humano. Su conversión en desastres naturales depende del grado de vulnerabilidad del ambiente en que ocurren.
La vulnerabilidad ambiental, considerada en términos globales, es la predisposición o susceptibilidad que tiene el medio ambiente de ser afectado o sufrir daños o efectos adversos en caso de que un fenómeno peligroso de origen natural ocurra.
Pero la vulnerabilidad presenta varias dimensiones, éstas son algunas de ellas:
1.Física: referida a las características físico-ambientales y de ubicación geográfica de las áreas propensas a ser afectadas, que pueden reflejar deficiencias para resistir y absorber los impactos del fenómeno natural.
2.Económica: asociada a la existencia de bajos niveles de ingreso económico (pobreza), condición que incide notoriamente en la capacidad de afrontar las consecuencias de un desastre.
3.Social: relacionada con el grado de organización y cohesión interna de las comunidades afectadas, para prevenir, mitigar y responder a estos eventos. Incluye la capacidad de resiliencia o de recuperación posterior, y la preparación educativa de la sociedad para enfrentar tales riesgos.
4.Política: existencia de organismos e instituciones preparados para dar respuesta inmediata y eficiente en caso de una catástrofe, en materia de apoyo financiero, evacuación de áreas de alto riesgo, alternativas a interrupciones de comunicación, abastecimiento de alimentos y servicios básicos.
El tipo de amenaza natural y el grado de vulnerabilidad ambiental permiten, entonces, determinar el nivel de riesgo al que está sometida un área. Si su localización es en un área de elevada probabilidad sísmica (el Cinturón de Fuego del Pacífico, por ejemplo), su vulnerabilidad física es alta y lo es consecuentemente el nivel de riesgo. Pero si la comunidad está concientemente preparada con eficiente organización social y sólidos sistemas de educación ambiental, se reduce el riesgo.
En suma, las catástrofes o desastres naturales son tales en la medida que los tipos de amenaza natural son peligrosos y la vulnerabilidad ambiental es acentuada, lo que se traduce en alto riesgo.
Difícil prevención
Ahora bien, los movimientos premonitorios de los terremotos no son fácilmente detectables o suelen ocurrir con muy poco tiempo de advertencia. No es el caso de los maremotos, que suelen afectar regiones costeras sacudidas por un sismo, que dan un margen de tiempo para advertencia y evacuación en caso de que exista baja vulnerabilidad social e institucional. En el caso de los terremotos la previsión no puede ser otra que disminuir el grado de vulnerabilidad ambiental, lo cual equivale a organizar instituciones sociales de rápido accionar (grupos de rescate, hospitales de campaña, centros de acopio, grupos de apoyo aéreo, fondos financieros de contingencia), mantener niveles óptimos de educación ambiental a través de la debida preparación en las instituciones educativas y en los sitios de trabajo. Supervisar que las edificaciones cumplan con las reglas antisísmicas, y realizar periódicamente ejercicios de evacuación y salvamento. Contar con profesionales para preparar a la población en cuanto a la capacidad de resiliencia y asistir a los afectados a superar el estrés postraumático.
Gerardo J. Siso Q.
Profesor (J) escuela de Geografía, UCV